Unas semanas antes del viaje, Eva me pidió mi cámara digital, con la que yo todavía estaba empezando a familiarizarme porque era casi nueva, y me preguntó si podía llevársela a Marruecos. No estaba muy convencido, porque la Ricoh GR III tiene cierta fama de ser especialmente sensible al polvo y la arena, y no me parecía la mejor idea para estrenarla en un viaje así. En vez de eso, le ofrecí la compacta de mi abuelo y le compré un carrete Kodak Color Plus 200 ISO. Me pareció una aproximación mejor para este viaje: una cámara simple, que no exige pensar demasiado. Pierdes algo de control y flexibilidad, pero ganas simplicidad y facilidad de uso. Además, no tienes que preocuparte tanto por la electrónica o por componentes delicados. Es una cámara robusta. Y disparar en film siempre tiene algo especial: no controlas del todo el resultado y el proceso tiene un punto de magia. También es verdad que no sabíamos si la cámara seguía funcionando del todo bien, porque no se había usado en quizá más de 25 años.
Total, que se la llevó, y me alegro muchísimo de que lo hiciera. Hizo un trabajo increíble con la fotografía callejera, conectando con la gente, a veces incluso provocando a algún local que quizá no estaba tan encantado de ser fotografiado, pero bueno, esas cosas pasan, y captando muy bien la esencia de varias de las ciudades que visitaron por Marruecos.
Después de unas semanas esperando encontrar el momento para llevar el carrete al laboratorio, por fin lo hicimos. Nos hizo muchísima ilusión ver cómo habían quedado las fotos, y también gracias a Voilà Film Lab por ir tan rápidos y ser tan profesionales. Me hizo tanta ilusión que las comparto por aquí aunque yo no haya participado en el proceso. Estoy muy orgulloso.
Aquí va un pequeño adelanto. Se pueden ver más en los posts de Instagram.






